Era de noche.
Después de diez años, me encontré contigo. Te llamabas Patricia. Fuiste la persona que me enseñó lo más importante en esta vida: sentir.
Amar a una persona. Querer. Pensar en alguien las veinticuatro horas del día. Soñar
despierto. Vivir dormido.
Estaba mirando una luna llena redondeada, pálida y
fría. Justo lo contrario que mi alma. Un alma que se sentía viva después de
varios años. Allí estabas tú. Siempre estuviste ahí. Dicen que la persona que
te enseña a amar tiene un precio: el quererla toda la vida. Y así ha sido.
Esa larga melena oscura. Tu cara pálida. Tus pecas. Tu
mirada. Tus brillantes ojos que me decían que me conocías… ese brillo, ese
calor que producías en mi alma. Largas noches, cortos días. Corta vida para una larga vida soñada a tu
lado.
Y esa luna presagiaba al lado de un bello puerto, que
siempre habías pensado en mí como yo lo había hecho en ti. Todo pasa. Miles de
días siguiendo la rutina. Una rutina que te come. Que te devora con mordiscos
de olvido. Con dentelladas de cosas ordinarias. Patricia. No sé dónde estás. No sé quién eres ahora. Menos sé el qué.
Sólo sé una cosa: esa luna me susurra cosas. Cosas
reales. Cosas crudas. Me dice que no puedo volver atrás. Que algo que pudo ser,
nunca será. Que lo que siento es lo que soy y lo que eres es distinto de lo que
fuiste.
Esta carta doblada.
Sucia entre papeles. Perdida en una botella que ahora
tiro al mar. Eres tú. Somos nosotros. Es lo que una vez fue posible y hoy no lo
es. Es una parte de lo que ahora soy.
Siempre tendrás que ver en mi forma de amar.
Estés donde estés, piensa en aquella noche. Una noche
fría de un marzo que soplaba frío y llovía calor. Algún día moriré, pero ese
día, te veré.

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