martes, 3 de enero de 2012

Siempre te querré...


Era de noche.

Después de diez años, me encontré contigo. Te llamabas Patricia. Fuiste la persona que me enseñó lo más importante en esta vida: sentir. Amar a una persona. Querer. Pensar en alguien las veinticuatro horas del día. Soñar despierto. Vivir dormido.

Estaba mirando una luna llena redondeada, pálida y fría. Justo lo contrario que mi alma. Un alma que se sentía viva después de varios años. Allí estabas tú. Siempre estuviste ahí. Dicen que la persona que te enseña a amar tiene un precio: el quererla toda la vida. Y así ha sido.
Esa larga melena oscura. Tu cara pálida. Tus pecas. Tu mirada. Tus brillantes ojos que me decían que me conocías… ese brillo, ese calor que producías en mi alma. Largas noches, cortos días.  Corta vida para una larga vida soñada a tu lado.

Y esa luna presagiaba al lado de un bello puerto, que siempre habías pensado en mí como yo lo había hecho en ti. Todo pasa. Miles de días siguiendo la rutina. Una rutina que te come. Que te devora con mordiscos de olvido. Con dentelladas de cosas ordinarias. Patricia. No sé dónde estás.  No sé quién eres ahora.  Menos sé el qué.
Sólo sé una cosa: esa luna me susurra cosas. Cosas reales. Cosas crudas. Me dice que no puedo volver atrás. Que algo que pudo ser, nunca será. Que lo que siento es lo que soy y lo que eres es distinto de lo que fuiste.
Esta carta doblada.
Sucia entre papeles. Perdida en una botella que ahora tiro al mar. Eres tú. Somos nosotros. Es lo que una vez fue posible y hoy no lo es. Es una parte de lo que ahora soy.
Siempre tendrás que ver en mi forma de amar.
Estés donde estés, piensa en aquella noche. Una noche fría de un marzo que soplaba frío y llovía calor. Algún día moriré, pero ese día, te veré.

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