sábado, 26 de noviembre de 2011

Reflexión


Desde el principio de todo, siempre existe una dualidad de las cosas. Un objeto, una idea, un ser vivo. Todo en su sentido amplio, inevitablemente tiene su antagónico, su complementario, su suplementario.
Un brazo derecho tiene su izquierdo, una mano su homóloga, el bien tiene su mal y el Dios, sus demonios. Tú eres el mal, el bien, la virtud, el defecto. Eres bueno por naturaleza y tu maldad bebe de la misma naturaleza inherente a las cosas. No puedes evitarlo, al igual que eres incapaz de mover la tierra donde tienes puestos los pies.


Para que exista una cura, es necesaria la enfermedad. Lo “bueno” necesita lo “malo”. Para que veas algo limpio, tienes que ver algo sucio para compararlo. Eres un hombre porque existe una mujer. Siempre hay una dualidad en las cosas. Ahora eres una de ellas, ayer fuiste la otra…y cuando consigues llegar a las dos de forma simultánea, es cuando has llegado al final del camino. Es cuando todo se ha parado, el tiempo deja de tener sentido y las personas dejan de tener su alma. Ves que lo que tienes en tus manos siempre fue tierra sucia y lo que tenías por una idea, sólo es la necedad de la ignorancia. Nunca tuviste nada. Ni fuiste “algo”. Cuando el tiempo se para, y las manecillas del reloj mueren, tú mueres y tus ideas ya lo estaban.

Te has caído varias veces en el pozo, pero algunas veces has salido por ti mismo, y otras veces te han sacado. ¿Te acuerdas? Es imposible que te acuerdes, hace tanto tiempo…

Las hojas de los árboles están ahí fuera bailando. Se burlan de ti, ¿las estás viendo? Hojas secas que de muertas que están, provocan carcajadas. Se ríen de tu vida, se ríen de tus sueños. Te susurran cosas. Dicen que no estás vivo. Que no te dejan vivir. Que no quieres estar vivo. Que prefieres que vivan por ti.
Si miras más allá de esos árboles que bordean el camino, podrás ver una luz en esa ventana. Algo se mueve. Es una noche oscura, pero la luz de la luna te deja ver siluetas. Y esa luz podrías verla desde tres kilómetros. Ese que está dentro no se ríe de ti. Bastante tiene para él. Se llama Sócrates y dicen en el pueblo de abajo que está un poco loco. Sócrates lleva tiempo diciendo que quiere irse lejos. Que ha visto lo  que se esconde en el trastero de la vida y no le gusta.

Todos se burlan de él. Mira más allá. Detrás de esas montañas que ves, hay gente que no le interesa que huya porque podría ver cosas que nadie ve. Y cuando miras algo y ves lo que se esconde en ese montón de líneas y formas, ya no puedes dejar de ver. Es como uno de esos juegos ópticos en los que hay una figura escondida. Cuando la ves, tu vista trasciende las líneas amorfas, ves ese caballo, ese niño, esa mariposa, esa rueda, ese cuchillo…y luego ya sólo ves caballos, niños montados en mariposas y ruedas sobre cuchillos

Nostalgia



Estoy en la habitación de un viejo hotel apartado de todo lo que me da miedo.
Desde una ventana de madera sucia, veo los árboles, el sol bailar entre sus hojas y un camino de tierra en la lejanía que nadie sabe adónde lleva.
No hay ruidos, sólo silencio. Puedo oir mi corazón latiendo mientras escribo. Me tiembla ligeramente el pulso, así que no sé si alguien será capaz de leer ésto... 


 En la mesa donde escribo, reposa un taco enorme de folios blancos, un cenicero lleno de colillas y una foto. La foto de un amigo. La foto de una historia.
Me he apartado de todo y de todos, pero los recuerdos permanecen en mi cabeza. Según pasa el tiempo, veo aquello con la nitidez de un televisor al que le hayan puesto mil antenas con mil amplificadores. Nítido pero difuso.
Dentro de una hora, la habitación estará sumida en penumbras. Nunca enciendo la luz cuando anochece. Es el único momento del día en el que no necesito ver nada. Cuando me levanto por las mañanas, sólo observo en el  espejo del baño un rostro cansado, desgastado y consumido. Se parece un poco a mí, pero cada vez va perdiendo la familiaridad de una cara conocida.
En aquel mes de noviembre de 1996, había cumplido diecinueve años. No fue un año en el que ocurrieran demasiadas cosas excepcionales. A decir verdad, me acuerdo de muy pocas cosas de ese año...a excepción de lo que sucedió aquél día y los que le siguieron.
Ya han pasado más de siete años y aún lo recuerdo. Las bolsas desparramadas por el suelo, las luces del tráfico entre la lluvia, el carro de la compra rodando solo...pero eso fue un sueño. ¿O no lo fue?

Ese fue el año del dolor de cabeza y de los teléfonos móviles, de la televisión por cable y de las Navidades en blanco. Si rectificase, diría que quizás fue un año increible que mezclaba lo mundanal con lo imposible. Aunque si lo piensas bien, todos los años de la vida son una mezcla de todo eso y mucho más.