Estoy en la habitación de un viejo hotel apartado de todo lo que
me da miedo.
Desde
una ventana de madera sucia, veo los árboles, el sol bailar entre sus hojas y
un camino de tierra en la lejanía que nadie sabe adónde lleva.
No
hay ruidos, sólo silencio. Puedo oir mi corazón latiendo mientras escribo. Me
tiembla ligeramente el pulso, así que no sé si alguien será capaz de leer
ésto...
En
la mesa donde escribo, reposa un taco enorme de folios blancos, un cenicero
lleno de colillas y una foto. La foto de un amigo. La foto de una historia.
Me
he apartado de todo y de todos, pero los recuerdos permanecen en mi cabeza.
Según pasa el tiempo, veo aquello con la nitidez de un televisor al que le
hayan puesto mil antenas con mil amplificadores. Nítido pero difuso.
Dentro
de una hora, la habitación estará sumida en penumbras. Nunca enciendo la luz
cuando anochece. Es el único momento del día en el que no necesito ver nada.
Cuando me levanto por las mañanas, sólo observo en el espejo del baño un rostro cansado,
desgastado y consumido. Se parece un poco a mí, pero cada vez va perdiendo la
familiaridad de una cara conocida.
En
aquel mes de noviembre de 1996, había cumplido diecinueve años. No fue un año
en el que ocurrieran demasiadas cosas excepcionales. A decir verdad, me acuerdo
de muy pocas cosas de ese año...a excepción de lo que sucedió aquél día y los
que le siguieron.
Ya
han pasado más de siete años y aún lo recuerdo. Las bolsas desparramadas por el
suelo, las luces del tráfico entre la lluvia, el carro de la compra rodando
solo...pero eso fue un sueño. ¿O no lo fue?
Ese
fue el año del dolor de cabeza y de los teléfonos móviles, de la televisión por
cable y de las Navidades en blanco. Si rectificase, diría que quizás fue un año
increible que mezclaba lo mundanal con lo imposible. Aunque si lo piensas bien,
todos los años de la vida son una mezcla de todo eso y mucho más.

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