De entre todas las personas, me fijé en
ti. Una entre millones.
Sólo bastaron unos segundos para que
todo a nuestro alrededor me pareciese banal, gris, sin interés...
Una noche bajo las estrellas de una playa
oscura de arena fina, de piedras suaves y de luna redondeada. Una brisa suave
de suaves dedos que peinan, que despeinan, que mecen, que acarician...el olor a
sal, arena, a noche.
El sonido lejano de miles de voces
apagadas por la oscuridad. El tacto. El sabor. La vista.
A veces sobra la vista cuando cierras
los ojos. Ves dentro de tí lo que eres, eres lo que sientes y sientes lo que
quieres sentir.
Unas manos entrelazadas. Un corazón
grabado a fuego en un pecho acelerado. Algo que te sobrepasa para poder subir
al cielo y quedarse flotando.
Unos pensamientos cada vez más difusos
que se disuelven con la sal marina. Unos cuerpos desnudos que se agarran con
fuerza para no hundirse en las profundidades de un océano de aguas malditas.
El temblor. La vibración de un cuerpo
que hace vibrar al otro. La mente en el cielo, el cuerpo en la arena, las manos
asidas, los brazos rozándose, el pelo en tus ojos y tus ojos cerrados con
fuerza.
Y es en ese momento cuando tu cuerpo se
vuelve cuerpo y tus ideas se vuelven etéreas. Se las lleva un viento a un
horizonte lejano de mar infinito para regresar más tarde cargadas de emociones.
Y por fin abres los ojos y te gusta lo
que ves. Esa persona que te ata a la Tierra, que no deja que vueles y te
pierdas entre las nubes de una noche ciega. Es la cuerda que te hace humano
entre los humanos, carne hecha de carne y hueso hecho de acero azul.
Cuando el sol se asoma entre los miles
de cristales que flotan en el mar, ves el reflejo de algo bueno. Te ves a tí
junto a la persona que no deja que te lleve el viento, que te hundas en el mar,
que te ahogues en la arena ni te quemes con el fuego.



