viernes, 13 de enero de 2012

LOCURA: Rutger te ODIA




He conseguido escapar del Sanatorio de Glifford. No me lo puedo creer, pero mis piernas me estaban llevando lejos de esos malditos jardines llenos de plantas asquerosas y de las letrinas que olían a rayos.

Dos años. Dos años largos encerrado en aquél lugar lleno de enfermos mentales.

Había sido la peor experiencia que había vivido en mi vida. Encerrarme como a un perro sarnoso en un edificio de ventanas con rejas. Hacerme dormir por las noches en esa habitación a la que llamaban “La Pecera”. Pero sobre todo, esas tardes interminables leyendo libros y más libros en “La Sala de la Televisión” (una jaula de grillos que te perforaban el cerebro con sus gritos, con los mismos programas infantiles de televisión, con los mismos vigilantes de ciento y pico kilos y mismas pastillas a las mismas putas horas).

Les odiaba. Desde que despertaba a las cinco de la mañana hasta la hora en que me obligaban a ir a dormir a “La Pecera”.

  • Si sigues queriendo parecer normal, un día lo serás, Rutger – me había dicho el loquero de las gafas y la corbata hortera de lunares. Svenson o algo así se llamaba. Para mí era un simple funcionario gris y patoso a las órdenes de los que le habían ordenado hacerme parecer loco.
  • ¿Cuántos dáis más tengo que estar aquí? - le había preguntado al principio. Por el principio me refiero a las primeras semanas de entrar en el Sanatorio. Me habían despojado de mis cosas. Mis llaves, mi dinero, mis fotos, la navaja y el colgante que me había regalado mi mujer. O exmujer o difunta mujer o lo que sea.
  • Rutger, aquí las cosas no se miden por el tiempo, se miden por las acciones, por la forma en la que veamos cómo evolucionas – esa mierda de tono condescendiente. Si hubiese tenido a mano mi navaja, le habría despellejado vivo allí. Como a los demás. Mirándole a los ojos mientras me suplicaba. Si hubiese tenido mi navaja y no me hubiesen atado con esas correas a la silla, claro está.
El tiempo iba pasando. Y necesitaba ver esas fotos. Mi vida se resumía en esos pequeños fragmentos de la vida que iba arrebatando.


Un día perdí la paciencia. El día en el que a Larry “Armatoste” Wilson le salió todo mal.

Larry era uno de los celadores del Sanatorio. Medía más de dos metros (me sacaba casi una cabeza) y sus espaldas eran como las de dos personas de corpulencia mediana.
Ese día, o mejor dicho, esa noche, cometió el error de contarme algo de su vida. Me acuerdo perfectamente de esa conversación: le habían abandonado, arrebatado a sus hijos y echado de su propia casa.

Esos ojos de cordero, de cobarde, de gallina, consiguieron sacarme de mis casillas. ¿Rendirse? ¿Había dicho que iba a rendirse? Joder. Si hay algo que odio en esta vida es esa actitud. Me da asco.
Esa reacción fue un catalizador para la rabia que llevo dentro desde que nací. La que hace que corte a la gente en pedazos más pequeños que una canica, la que me hace correr por las noches desnudo bañado en sangre, la que me hace dar mordiscos ocasionales a mis fotos mientras veo un documental...la que hace que a las chicas que llevo a casa les cambie una velada romántica por una puta pesadilla.

Y a Larry, desde esa noche le dejaron de llamar el “Armatoste”. Un bolígrafo de su bolsillo, una camisa de fuerza mal cerrada y un exceso de confianza son una combinación muy mala si tienes a alguien que sabe actuar rápido. No voy a contaros más de Larry “ el Tuerto” Wilson. Así le llaman ahora.

Sólo voy a deciros que sé dónde hay un coche aparcado. Que las llaves están debajo de un parasol (o eso le oí a uno de los celadores) y que después de dos años, quiero darme un puto homenaje.
Y ya sé por dónde empezar. ¿Verdad Svenson-como-te-llames?

En dos años he aprendido a odiarte.
Y voy para allá.

miércoles, 4 de enero de 2012

NUNCA te pares a ayudar a un ASESINO...


Las cosas habían cambiado.

El plan original de salir corriendo era descabellado. Cuando te apuntan con un arma, cualquier plan que hagas es descabellado. Es más, el único plan que tenía en estos momentos en mente era no moverme.

Me había pillado, lo reconozco. Había descubierto que en el maletero había algo que se movía. Y no era un animal de compañía, lo que ya, de por sí, hubiese sido cruel. Pero había alguien. Una persona que pedía ayuda.
Intenté disimular cuando me agaché a ayudar al hombre del chaquetón de cuero a cambiar la rueda de ese Ford Fiesta negro. No sé aún, qué me impulsó, qué fuerza o acto irracional me empujó a bajarme del coche en esa carretera perdida en medio de un bosque atestado de pinos. Una carretera que de llevaba a pocos sitios. Entre ellos, mi vieja cabaña de verano. Donde escribo mis libros. Desde donde planifico mi próximo movimiento en la vida. Donde reflexiono. Donde pienso mientras me tomo mi cerveza fría pescando en el lago.

Uno de esos sitios donde llevaba esa carretera era al problema que tenía delante. Un problema con forma de cañón. Un inconveniente menor si miraba a luz de una luna creciente la cara de ese tipo. Estaba mal. No me miraba a los ojos. Observaba el cielo como si alguna de las pocas estrellas de un cielo nuboso le pudiese decir qué hacer a su mente nubosa.

  • -          ¿Por qué te has parado, hijo de puta? ¿No tenías cosas que hacer? – aulló. Le temblaban las mejillas y sus pupilas iban del cielo al maletero. Rítmicamente. No me miraba a la cara. Ese detalle no presagiaba nada bueno, la verdad.
    -          Puedo ir a mi coche. No te conozco. No diré nada, lo jur…
    -          Cierra esa puta boca!! Eres un mentiroso. Todos me mienten. Estoy harto. Sólo quería deshacerme de esta escoria y enterrarla – podía percibir un agrio olor a sudor a través de ese cuero – Se me pincha la rueda. ¿Y qué? Se pinchan ruedas, se rompen motores, carburadores, calefacciones…y nunca aparecen soplapollas fisgones como tú.
    -          Mire…yo…no quiero problemas…iba a mi casa. No hay nadie, ¿sabe? Nadie a quien contársel…

    -          Una palabra más y sabrás cómo sabe una bala atravesándote la cabeza.

    Tenía miedo. La garganta la tenía como el papel de lija. Unas ganas de orinar se apoderaron de mí. Pensé en varios árboles que estaban siendo testigos de nuestra conversación. De una luna que no presagiaba nada bueno. De los golpes de otro ser vivo en el maletero.

    Y lo más surrealista. Estaba sonando Christopher Cross en el MP3 del Ford. Una balada al amor. Al amor perdido. Llevaba sonando todo el verano. Un nuevo disco de una estrella de la música resucitada…y allí, parados los dos (tres), escuchando una balada mientras no sabía qué iba a ser de mí. Si vería la luz del día o no.

    De repente fui consciente de que dentro del bolsillo de mi gabardina guardaba un móvil. La visión de apuntarle con el móvil, me hizo forzar una mueca de risa incontenida. Los nervios me estaban ganando. Pulsé la tecla de llamada de emergencia. No fue nada fácil. Cuando te apuntan a la cabeza con una pistola, las manos suelen sudar mucho. Y los ojos tienden a delatarte.

    Llamada. Llamada. Crepitar. Pitido. Fuera de cobertura.

    Cuando alcé la vista. Un golpe seco en la frente hizo que un relámpago cruzase mi campo de visión. Me estaba cayendo…unas botas negras. Hierba en la carretera. Millones de estrellas pequeñas resplandecientes. Luego la negrura. Supe antes de caerme que mi próximo destino era un frío maletero…y la última parada era la tierra encima de mí. Húmeda tierra cayendo sobre mi cuerpo, sobre mi cara, sobre mis ojos. Luego no vería nada. Sentiría frío. No podría respirar. Y vería veladamente mi última visión. Los ojos locos de un loco. El tic nervioso de un asesino enajenado.

    Y me desmayé….

martes, 3 de enero de 2012

Siempre te querré...


Era de noche.

Después de diez años, me encontré contigo. Te llamabas Patricia. Fuiste la persona que me enseñó lo más importante en esta vida: sentir. Amar a una persona. Querer. Pensar en alguien las veinticuatro horas del día. Soñar despierto. Vivir dormido.

Estaba mirando una luna llena redondeada, pálida y fría. Justo lo contrario que mi alma. Un alma que se sentía viva después de varios años. Allí estabas tú. Siempre estuviste ahí. Dicen que la persona que te enseña a amar tiene un precio: el quererla toda la vida. Y así ha sido.
Esa larga melena oscura. Tu cara pálida. Tus pecas. Tu mirada. Tus brillantes ojos que me decían que me conocías… ese brillo, ese calor que producías en mi alma. Largas noches, cortos días.  Corta vida para una larga vida soñada a tu lado.

Y esa luna presagiaba al lado de un bello puerto, que siempre habías pensado en mí como yo lo había hecho en ti. Todo pasa. Miles de días siguiendo la rutina. Una rutina que te come. Que te devora con mordiscos de olvido. Con dentelladas de cosas ordinarias. Patricia. No sé dónde estás.  No sé quién eres ahora.  Menos sé el qué.
Sólo sé una cosa: esa luna me susurra cosas. Cosas reales. Cosas crudas. Me dice que no puedo volver atrás. Que algo que pudo ser, nunca será. Que lo que siento es lo que soy y lo que eres es distinto de lo que fuiste.
Esta carta doblada.
Sucia entre papeles. Perdida en una botella que ahora tiro al mar. Eres tú. Somos nosotros. Es lo que una vez fue posible y hoy no lo es. Es una parte de lo que ahora soy.
Siempre tendrás que ver en mi forma de amar.
Estés donde estés, piensa en aquella noche. Una noche fría de un marzo que soplaba frío y llovía calor. Algún día moriré, pero ese día, te veré.

domingo, 1 de enero de 2012

Meditación


Los taxis seguían pasando uno detrás de otro.
Una serpiente blanca de rojas franjas bajo una noche gélida de focos amarillos. Llovía. Una lluvia que, de tan fina que era, sapicaba los huesos a través de los chaquetones largos y los vestidos cortos.
Lana mojada, gomina seca, maquillajes en las últimas y ojos que se cerraban.
Emociones apagadas, pasiones desfogadas, besos inacabados y números de teléfono incompletos.

Seguía esperando. La lluvia mojaba mi cara amenazando con despertarme del sueño de una noche que daba muerte a un año para dar a luz a un tierno infante de 366 días de edad. Todo empezaba y todo acababa.

Miraba hacia adelante y las siluetas se recortaban entre la neblina del comienzo de un nuevo día, de un nuevo año, de una vida que seguía igual pero se reiniciaba una y otra vez en las noches de Fin de Año.

Miraba hacia atrás y me veía a mí mismo con un año menos. La persona que una y otra vez se hacía preguntas sin respuesta. Respuestas que tampoco tenía la persona que miraba. Nunca había una sola respuesta para todo. Lo sabía. Y aún así, todas esas noches, seguía buscándolas...

Y cuando la última gota de lluvia cayó, cuando el sol se asomó tímidamente entre los edificios circundantes, cuando la primera persiana se abrió, cuando todos los semáforos se pusieron en rojo y el último bostezo de una eterna noche se produjo....caminé.
Caminé entre la gente, escuchando docenas de conversaciones etílicas, discusiones sin sentido y palabras inconexas.
Estaba muy lejos de casa.

Tenía mucho que andar, pero tenía un año entero para llegar. En realidad tenía todo el tiempo del mundo, porque había descubierto por fin una cosa:
Nunca encontraría las respuestas a todas las infinitas preguntas que tenía hasta que conociese quién era la persona que ahora caminaba pausadamente. Ni siquiera sabría decir de qué estaba hecho el suelo que pisaba hasta supiera quién era yo.

Y en ese camino fuí pensando en todo ello. Y las preguntas fueron muriendo cuando me acosté en mi cama. Cuando las personas de todos esos años que miraban atrás por fin miraron hacia adelante...entre la neblina matutina, vieron algo. Una figura familiarmente desconocida. La silueta de la persona que daría por fin sentido a todo y a todos.

Y cuando logré ver su cara, cuando aspiré su perfume, cuando escuché sus palabras...me dormí.