Los taxis seguían pasando uno detrás de
otro.
Una serpiente blanca de rojas franjas
bajo una noche gélida de focos amarillos. Llovía. Una lluvia que, de tan fina
que era, sapicaba los huesos a través de los chaquetones largos y los vestidos
cortos.
Lana mojada, gomina seca, maquillajes
en las últimas y ojos que se cerraban.
Emociones apagadas, pasiones
desfogadas, besos inacabados y números de teléfono incompletos.
Seguía esperando. La lluvia mojaba mi
cara amenazando con despertarme del sueño de una noche que daba muerte a un año
para dar a luz a un tierno infante de 366 días de edad. Todo empezaba y todo
acababa.
Miraba hacia adelante y las siluetas se
recortaban entre la neblina del comienzo de un nuevo día, de un nuevo año, de
una vida que seguía igual pero se reiniciaba una y otra vez en las noches de
Fin de Año.
Miraba hacia atrás y me veía a mí mismo
con un año menos. La persona que una y otra vez se hacía preguntas sin
respuesta. Respuestas que tampoco tenía la persona que miraba. Nunca había una
sola respuesta para todo. Lo sabía. Y aún así, todas esas noches, seguía
buscándolas...
Y cuando la última gota de lluvia cayó,
cuando el sol se asomó tímidamente entre los edificios circundantes, cuando la
primera persiana se abrió, cuando todos los semáforos se pusieron en rojo y el
último bostezo de una eterna noche se produjo....caminé.
Caminé entre la gente, escuchando
docenas de conversaciones etílicas, discusiones sin sentido y palabras
inconexas.
Estaba muy lejos de casa.
Tenía mucho que andar, pero tenía un
año entero para llegar. En realidad tenía todo el tiempo del mundo, porque
había descubierto por fin una cosa:
Nunca encontraría las respuestas a
todas las infinitas preguntas que tenía hasta que conociese quién era la
persona que ahora caminaba pausadamente. Ni siquiera sabría decir de qué estaba
hecho el suelo que pisaba hasta supiera quién era yo.
Y en ese camino fuí pensando en todo
ello. Y las preguntas fueron muriendo cuando me acosté en mi cama. Cuando las
personas de todos esos años que miraban atrás por fin miraron hacia
adelante...entre la neblina matutina, vieron algo. Una figura familiarmente
desconocida. La silueta de la persona que daría por fin sentido a todo y a
todos.
Y cuando logré ver su cara, cuando
aspiré su perfume, cuando escuché sus palabras...me dormí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario