domingo, 1 de enero de 2012

Meditación


Los taxis seguían pasando uno detrás de otro.
Una serpiente blanca de rojas franjas bajo una noche gélida de focos amarillos. Llovía. Una lluvia que, de tan fina que era, sapicaba los huesos a través de los chaquetones largos y los vestidos cortos.
Lana mojada, gomina seca, maquillajes en las últimas y ojos que se cerraban.
Emociones apagadas, pasiones desfogadas, besos inacabados y números de teléfono incompletos.

Seguía esperando. La lluvia mojaba mi cara amenazando con despertarme del sueño de una noche que daba muerte a un año para dar a luz a un tierno infante de 366 días de edad. Todo empezaba y todo acababa.

Miraba hacia adelante y las siluetas se recortaban entre la neblina del comienzo de un nuevo día, de un nuevo año, de una vida que seguía igual pero se reiniciaba una y otra vez en las noches de Fin de Año.

Miraba hacia atrás y me veía a mí mismo con un año menos. La persona que una y otra vez se hacía preguntas sin respuesta. Respuestas que tampoco tenía la persona que miraba. Nunca había una sola respuesta para todo. Lo sabía. Y aún así, todas esas noches, seguía buscándolas...

Y cuando la última gota de lluvia cayó, cuando el sol se asomó tímidamente entre los edificios circundantes, cuando la primera persiana se abrió, cuando todos los semáforos se pusieron en rojo y el último bostezo de una eterna noche se produjo....caminé.
Caminé entre la gente, escuchando docenas de conversaciones etílicas, discusiones sin sentido y palabras inconexas.
Estaba muy lejos de casa.

Tenía mucho que andar, pero tenía un año entero para llegar. En realidad tenía todo el tiempo del mundo, porque había descubierto por fin una cosa:
Nunca encontraría las respuestas a todas las infinitas preguntas que tenía hasta que conociese quién era la persona que ahora caminaba pausadamente. Ni siquiera sabría decir de qué estaba hecho el suelo que pisaba hasta supiera quién era yo.

Y en ese camino fuí pensando en todo ello. Y las preguntas fueron muriendo cuando me acosté en mi cama. Cuando las personas de todos esos años que miraban atrás por fin miraron hacia adelante...entre la neblina matutina, vieron algo. Una figura familiarmente desconocida. La silueta de la persona que daría por fin sentido a todo y a todos.

Y cuando logré ver su cara, cuando aspiré su perfume, cuando escuché sus palabras...me dormí.




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