miércoles, 4 de enero de 2012

NUNCA te pares a ayudar a un ASESINO...


Las cosas habían cambiado.

El plan original de salir corriendo era descabellado. Cuando te apuntan con un arma, cualquier plan que hagas es descabellado. Es más, el único plan que tenía en estos momentos en mente era no moverme.

Me había pillado, lo reconozco. Había descubierto que en el maletero había algo que se movía. Y no era un animal de compañía, lo que ya, de por sí, hubiese sido cruel. Pero había alguien. Una persona que pedía ayuda.
Intenté disimular cuando me agaché a ayudar al hombre del chaquetón de cuero a cambiar la rueda de ese Ford Fiesta negro. No sé aún, qué me impulsó, qué fuerza o acto irracional me empujó a bajarme del coche en esa carretera perdida en medio de un bosque atestado de pinos. Una carretera que de llevaba a pocos sitios. Entre ellos, mi vieja cabaña de verano. Donde escribo mis libros. Desde donde planifico mi próximo movimiento en la vida. Donde reflexiono. Donde pienso mientras me tomo mi cerveza fría pescando en el lago.

Uno de esos sitios donde llevaba esa carretera era al problema que tenía delante. Un problema con forma de cañón. Un inconveniente menor si miraba a luz de una luna creciente la cara de ese tipo. Estaba mal. No me miraba a los ojos. Observaba el cielo como si alguna de las pocas estrellas de un cielo nuboso le pudiese decir qué hacer a su mente nubosa.

  • -          ¿Por qué te has parado, hijo de puta? ¿No tenías cosas que hacer? – aulló. Le temblaban las mejillas y sus pupilas iban del cielo al maletero. Rítmicamente. No me miraba a la cara. Ese detalle no presagiaba nada bueno, la verdad.
    -          Puedo ir a mi coche. No te conozco. No diré nada, lo jur…
    -          Cierra esa puta boca!! Eres un mentiroso. Todos me mienten. Estoy harto. Sólo quería deshacerme de esta escoria y enterrarla – podía percibir un agrio olor a sudor a través de ese cuero – Se me pincha la rueda. ¿Y qué? Se pinchan ruedas, se rompen motores, carburadores, calefacciones…y nunca aparecen soplapollas fisgones como tú.
    -          Mire…yo…no quiero problemas…iba a mi casa. No hay nadie, ¿sabe? Nadie a quien contársel…

    -          Una palabra más y sabrás cómo sabe una bala atravesándote la cabeza.

    Tenía miedo. La garganta la tenía como el papel de lija. Unas ganas de orinar se apoderaron de mí. Pensé en varios árboles que estaban siendo testigos de nuestra conversación. De una luna que no presagiaba nada bueno. De los golpes de otro ser vivo en el maletero.

    Y lo más surrealista. Estaba sonando Christopher Cross en el MP3 del Ford. Una balada al amor. Al amor perdido. Llevaba sonando todo el verano. Un nuevo disco de una estrella de la música resucitada…y allí, parados los dos (tres), escuchando una balada mientras no sabía qué iba a ser de mí. Si vería la luz del día o no.

    De repente fui consciente de que dentro del bolsillo de mi gabardina guardaba un móvil. La visión de apuntarle con el móvil, me hizo forzar una mueca de risa incontenida. Los nervios me estaban ganando. Pulsé la tecla de llamada de emergencia. No fue nada fácil. Cuando te apuntan a la cabeza con una pistola, las manos suelen sudar mucho. Y los ojos tienden a delatarte.

    Llamada. Llamada. Crepitar. Pitido. Fuera de cobertura.

    Cuando alcé la vista. Un golpe seco en la frente hizo que un relámpago cruzase mi campo de visión. Me estaba cayendo…unas botas negras. Hierba en la carretera. Millones de estrellas pequeñas resplandecientes. Luego la negrura. Supe antes de caerme que mi próximo destino era un frío maletero…y la última parada era la tierra encima de mí. Húmeda tierra cayendo sobre mi cuerpo, sobre mi cara, sobre mis ojos. Luego no vería nada. Sentiría frío. No podría respirar. Y vería veladamente mi última visión. Los ojos locos de un loco. El tic nervioso de un asesino enajenado.

    Y me desmayé….

No hay comentarios:

Publicar un comentario